Cuando hablo de la generación del 36 no estoy hablando de Miguel Hernandez, Gabriel Celaya, Juan Gil-Albert, Luis Rosales, ni ninguno de esos... Estoy hablando de esa generación que creció en la postguerra y que vivió los tiempos mas duros de la historia reciente en un pequeño pueblo de La Mancha, de ganado famélico y tierra yerma, una generación que se duchaba los días de lluvia y para los cuales comer mondas de naranja era un manjar.

Con esa gente se ha juntado la generación del 75, los hijos del naranjito: la generación que se bañaba en grupo con los hermanos en la bañera cuando tocaba, que conoció la tele en blanco y negro y para los cuales un manjar era una copa Dalky de nata y chocolate. Y así es que las dos generaciones nos hemos ido a ver a la tía de Mallorca, también del 36, con el rober: nativo digital, al cual le vamos a dejar moro.

Es muy curioso ver como van las prioridades de cada uno en función del ambiente en el que te has criado. Cuando tienes un límite de 15 kilogramos de peso en una maleta para dos, tu personalidad se define. Mientras los del 75 cargamos la maleta de ropa, móviles, cámaras digitales, ebook... nos las vemos crudas para meter o no el portatil, sacrificando el ratón y poco mas... los del 36 llevan dos jerseys para cinco días y el resto del equipaje lo llenan de frascos de miel y kilos de ajos para la tía. ¿Ajos? nos preguntábamos nosotros, pues sí, ajos, porque a la tía le gustan los ajos de aquí, y como ya no nos caben en la maleta los llevamos en el equipaje de mano atufando a todo el vuelo de Rayanair, que parece que esto solo ocurre en la películas del Paco Martinez Soria... pero no, sigue pasando en el 2012, en los albores del Apocalipsis, si viajas con tus padres. Pero es mas, mi tia ha llegado a comprar pan en Madrid para llevárselo a Mallorca, porque el de allí se reblandece enseguida y el de aquí está crujientito y hace "cru cru"... Son pequeños placeres que nosotros ahora no entendemos y que a ellos les dan la vida.

Cuando llegamos al aeropuerto de las Palmas, mi madre toda mosqueada nos mira y nos dice: "Uy, pues si parece que no vinimos por aquí!", pues no mamá, es que embarcamos en Madrid y ahora estamos en las Islas Baleares, es un aeropuerto distinto... pero a ella qué mas le da si su mundo es su casa y la ventana al Sálvame de todos los días.

Y así hemos llegado de las islas, cargados de cuatro kilogramos de sobrasada, de la picante y de la normal. Nos hemos librado de la ensaimada porque cuentan como bulto, que sino, estaban preparadas para el vuelo. Y con todo esto, me digo; qué bello es viajar, y como mola el trueque gastronómico entre las distintas Comunidades Españolas... Ole!!


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